

Origen del nombre de Alicante
Esta leyenda, que explica el nombre de Alicante (o sea, de por qué Alicante
se llama "Alicante" y no de otra forma) nos viene dado en forma de
historia de amor..si, esa clase de amores imposibles en los que normalmente
los dos suelen morir por no poder reflejar su amor...y en este caso Cántara
y Aly, amantes desgraciados donde los haya, tuvieron el tardío consuelo
de ver fundidos sus nombres para dar denominación al lugar que fue testigo
de su amor imposible.
Cántara era una musulmana hija del Califa de la ciudad (la actual Alicante),
y además de su posición social, tenía a su favor su belleza
sobrehumana, por lo que no fue extraño que dos jóvenes musulmanes
se enamoraran locamente de ella. El Califa decidió que uno de ellos será
un buen marido para su hija, pero...¿cual de ellos?
El Califa, ante el gran dilema que tenía, tomó una decisión
salomónica; los pretendientes deberían llevar a cabo una tarea
concreta, y Alá decidiría. Por tanto, Almanzor (el otro pretendiente)
y Aly se pusieron manos a la obra. Almanzor decidió ir a las Indias a
traer raras especias a su amada, mientras Aly se comprometió ante el
Califa a cavar una acequia y poder traer agua a Alicante desde Tibi.
Dicen las crónicas que mientras Almanzor iba rápidamente con sus
barcos a las Indias a traer especias, Cántara no se tomó tan en
serio su trabajo..se dedicó más a escribir poesías a su
amada e ir hablando excelencias y diciendo que la amaba por todo el mundo...Cántara
se enamoró de él locamente, sin esperar siquiera ver finalizada
su tarea y la de Almanzor...la elección ya estaba hecha...
Pero un dia llegó Almanzor con sus barcos cargados de especias, y el
Califa, que era hombre de palabra, le concedió la mano de su hija. Cántara,
desesperado, se tiró al vacío por un barranco (se dice que sobre
ese lugar se construyó algunos siglos después el Pantano de Tibi).
Cántara, desesperada tambíen, decidió seguir lso pasos
de su amor, y se tiró al mar desde el risco de San Julián, que
desde estonces vino a llamarse "el salt de la reina mora" (el salto
de la reina mora)
Dicen que el Califa murió de tristeza, y que, sorprendentemente, su efigie
apareció grabada en el monte Benacantil.
Cuenta la leyenda que la corte, impresionada por los hechos, decidió
llamar a la ciudad "Alicántara", de donde viene el nombre actual
"Alicante".
El Pasadizo del Benacantil.
Todavía no hace muchos años, en Alicante había una ermita,
la del Raval Roig. Se encontraba enfrente de la playa del Postiguet y dentro
de las murallas, al pie del Benacantil.
Una tarde de primavera, paseando por la playa, nos llamó la atención
que la ermita había sido derruida.
Cuando subimos para ver las obras, observamos que, junto a la ermita, habían
caido tres o cuatro casas que estaban a las faldas del castillo.
En una de aquellas casas, al fondo, en la pared que tocaba la roca apareció
un agujero a media altura.
Todavía había claridad y los obreros, después de decirles
que éramos estudiantes de historia, no tuvieron problema para dejarnos
cotillear un poco desde fuera.
Lo primero que nos llamó la atención al mirar por el agujero era
que había agua estancada; metimos un palo y comprobamos que no había
mucha, nada más cuarenta o cincuenta centímetros. Después,
alargando la visión todo lo que pudimos, vimos como estábamos
delante de un túnel con una altura de metro y medio, una amplitud de
unos sesenta centímetros y que a unos cinco o seis metros desde donde
mirábamos se hacía más amplio y giraba a la izquierda,
en dirección al castillo.
Enseguida, una mezcla de imaginación y de ilusión nos lanzó
a intentar meternos y recorrer el pasadizo.
Rápidamente volvimos a casa y frenéticamente buscamos entre los
amigos lo que necesitábamos. Ya era de noche cuando cargados con botas
de agua,linternas, cirios y cerillas, carbureras y cascos de espeleología.
carburo y una brújula llegamos a las obras del Raval Roig.
Los obreros ya no estaban. El guarda de la obra, al vernos tan preparados no
quería dejarnos pasar. Tuvimos que explicarle que éramos estudiantes
de historia y que solo queriamos echarle un vistazo al túnel, y que ya
antes nos habían dejado mirar...
Por fin lo conseguimos y enfilandonos por el agujero entramos.
La primera sensación fue la tibieza del agua que nos llegaba por las
rodillas.. Después, al caminar, notamos que lo hacíamos por un
terreno fangoso que nos obligaba a pisar con precaución por miedo a resbalar.
Al examinar las paredes vimos un cable de luz que iba por encima y acababa en
una bombilla allá donde el tunel se ampliaba. También a un lado
y al otro de los muros, y excavados en la roca, unos nichos no muy grandes con
cera deshecha y enmascarados por el humo nos hicieron entender que esta parte
del pasadizo había sido utilizada por los habitantes de la casa, seguramente
en tiempos de guerra y como refugio, habiéndolo tapiado al final cuando
ya no hacía papel.
Toda la vida se ha trasmitido de padres a hijos la certeza de que el Castillo
del Benacantil está agujereado por unas galerías y utilizadas
por los moros en caso de dificultades, y para huir si fuera el caso.
Cuando yo era niño siempre me habían hablado de tres salidas conocidas:
una que daba a los alrededores de otro castillo, el de San Fernando; la segunda
que conducía a la playa, por la parte del Cocó (allá de
donde los pescadores sacaban las barcas) y la tercera galería bajaba
desde una de las salas reales hasta la Mezquita Mayor, convertida por los cristianos,
después de la conquista, en la iglesia de Santa María.
Todas estas cosas nos las habíamos repetido antes de meternos en el túnel,
por eso, cuando llegamos a la parte más amplia y vimos que continuaba
hacia la izquierda, el corazón latía cada vez con más fuerza.
El pasadizo ahora se estrechaba, tenía unos cuarenta y cinco centímetros
de amplio; en las paredes todavía se observaban las marcas dejadas por
los picos agujereando la roca.
Avanzamos unos siete u ocho metros, el nivel del agua tan solo era de unos quince
o veinte centímetros. Íbamos subiendo. Al final giraba, esta vez
hacia la derecha.
Nada más girar topamos con un muro que cubría todo el corredor.
¿Se acababa aquí la aventura?
Examinamos la pared, las piedras estaban unidas con cemento, lo que quería
decir que no podía ser del tiempo de los moros, sino mucho más
reciente. Dejamos que el silencio cubriera el pasadizo y golpeamos el muro y
las paredes. El sonido a vacío nos confirmaba que el corredor donde estábamos
continuaba.
Uno de nosotros volvió a por una picoleta. Comenzamos a deshacer la pared
y de la otra parte una corriente de aire fortísima nos apagó la
llama de la carburera, obligandonos a usar únicamente las linternas.
Compendimos que aquel muro lo debieron de haber construido los mismos pobladores
de la casa para evitar las corrientes de aire y las filtraciones de agua de
la sierra.
El túnel continuaba con una cierta inclinación, siempre hacia
arriba; avanzamos ocho o diez metros más cuando apareció una sala
un poco más alta.
Era una sala donde el pasadizo que descendía desde la parte alta del
castillo se hacía más amplia y se dividía en dos bocas,
una por donde nosotros subíamos y la otra a la derecha, nos aventuraba
la posibilidad de encontrarnos con la salida que debía ir hasta la playa
del Cocó donde los Alcaides tenían siempre una barca preparada
por si la necesitaban.
Decidimos explorar en primer lugar la de la derecha. La entrada tenía
únicamente un metro de alto; a los pocos pasos el nivel de agua había
aumentado a unos treinta y cinco o cuarenta centímetros; avanzábamos
con mucha precaución porque tropezábamos con algunas piedras que
habían caido. Deberíamos estar a unos catorce o quince metros
cuando nos encontramos que el corredor se había derrumbado; un gran muro
nos impedia avanzar.
Volvimos a la sala. Ahora ya sabíamos que estábamos donde el pasadizo
que bajaba desde lo alto de la fortaleza se dividía en dos. Uno, el de
la casa por donde habíamos entrado, para salir dentro de las murallas;
y el otro, para llegar a la playa del Cocó, la salida al mar en caso
de peligro.
Enfilamos hacia arriba. Subíamos en rampas de diez o doce metros, con
una ligera inclinación; cada tramo giraba en un ángulo de cuarenta
y cinco grados e iba siempre hacia arriba.
De momento, y nada más enfilar una nueva rampa, el pasadizo se hizo más
alto y más amplio; delante nuestro teníamos una escalera con mucha
pendiente .
Corriendo y contándolos, subimos los cuarenta escalones. Casi sin aliento
habíamos llegado a lo alto del Castillo, pero una pared de obra nos impedía
la entrada.
Una pared presidida por una Calavera tallada en una de las piedras de arriba.
Intentamos todo tipo de maniobras para que se abriera la pared; golpeamos piedra
a piedra, pero no valió de nada. Intentamos mover la Calavera, pero no
lo conseguimos.
Decidimos volver, pero cuando estábamos en el último escalón,
a un lado de la roca vimos una piedra con unos puntos que resaltaban. Un brusco
movimiento la desprendió y nos permitió observarla mejor.
Los puntos formaban dos tipos de cruces y también había un triángulo
de relleno. Algunos de los signos que rodeaban la piedra parecían letras
árabes, otras no se podían ver bien porque estaban medio tapadas
por tierra y fango.
En un papel dibujamos y copiamos esta piedra, aunque no sabíamos que
podía significar. Estábamos hablando cuando, de repente, nos vino
una idea a la cabeza: solamente podia tener una explicación..¡la
Calavera!
Volvimos a subir los cuarenta escalones y con nerviosismo y un poco de miedo
colocamos la piedra de los puntitos sobre la Calavera y la hicimos girar...
Un sonido brusco y una losa de la parte baja del muro se movieron. Lo apartamos
y entramos. Estábamos en una de las mazmorras de tortura del Castillo!
Una Calavera parecida presidía la pared de donde salimos.
Fuimos a la puerta de la mazmorra y una reja cerrada nos impedía la salida.
Pero ya sabíamos donde estábamos; en la plaza de Felipe II, enmedio
de la fortaleza.
Volvimos al pasadizo; sacamos la losa de los puntitos y la losa se cerró.
Bajamos la escalera y al dejar la piedra en su sitio escuchamos un sonido brillante,
como si alguna cosa se rompiera. Sacamos de nuevo la piedra y efectivamente
había un trozo de vidrio roto que sobresalía de la tierra.
Excavamos con una navaja y poco a poco aprareció una botellita. El cristal
a la luz de las carbureras y las linternas era opaco y con tonalidades azules
y doradas.
Dentro había un papel enrollado. Lo sacamos por la parte rota y lentamente
lo desenrollamos. No era un papel sino un trozo de piel de oveja o de cabra,
con unas letras escritas que parecían árabes y otros signos que
no entedíamos.
Con mucha precaución lo volvimos a plegar y lo colocamos dentro de la
botellita. Nos la guardamos envuelta en un pañuelo y dejamos la piedra
de los puntitos en su sitio.
Volvimos a la obra del Raval Roig donde el guarda y los otros compañeros
ya estaban preocupados.
Decidimos irnos a descansar. Después de dos horas y media de recorrer
la sierra por pasadizos medio enderrocados y con agua por las rodillas nos habíamos
ganado un buen descanso, sobre todo por haber demostrado la existencia del pasadizo.
A la mañana siguiente, al mediodía nos presentamos nuevamente
en las obras para volver a entrar y hacer un plano del pasadizo. Pero a la negativa
del encargado se añadió que la entrada había sido tapiada
con hormigón y algún que otro grito por habernos aprovechado de
la noche y del guarda...
Intentamos bajar desde el Castillo. Hablamos con el Alcaide y le explicamos
toda la historia para que nos abriese el calabozo de la Calavera, pero con una
sonrisa burlona nos dijo que todo eso de los túneles secretos eran fantasías
que la gente se inventaba, y que el no había encontrado ningún
plano donde apareciesen pasadizos.
Pero, si un tunel es secreto y se hace para poder huir en caso de necesidad...¿Quién
sería el valiente que haría un plano descubriéndolo?
Han pasado algunos años desde que entramos por el pasadizo. No lo hemos
podido volver a recorrer. Pero no nos ha importado porque teníamos el
mensaje del pergamino.
Durante estos años, y ayudados por estudiosos del mundo árabe,
hemos podido probar la equivalencia, la clave secreta que escondía la
Piedra de los puntitos y la Calavera.
Solamente indicarte que los árabes escribían de derecha a izquierda
y que cuando aparece una media luna/rectángulo quiere decir separación
de palabras.
Tuyo es el misterio y el placer de descubrirlo.